¿Qué hay sobre mí?

Imagínate con 11 años. Has quedado con tus amigas y les propones un juego: salir armadas de papel y lápiz a la calle a anotar las conversaciones que escuchéis por ahí; de manera aleatoria, pero pegando bien la oreja para no perder comba. Por la tarde os volvéis a ver. Cada una lee lo que ha ido pescando. Las historias, o los retazos de ellas, se van acumulando. Los gestos de los oyentes se mueven entre un “¡hala que bestia!” o un “¿en serio?” A veces es imposible contener la risa (carcajadas más bien). Cuando toca irse para casa alguien dice… ¡somos unas cotillas!

Pasado el tiempo empiezas a pensar si además de cotilla eres algo más. Porque todo esto de fisgar en las vidas ajenas… ¿qué es realmente?, ¿en qué consiste? y sobre todo… ¿por qué nos gusta tanto?

Para mí, escuchar y crear historias supone un punto de encuentro que nos aporta un punto de legibilidad sobre lo que nos rodea. Una constatación de que lo que nos hace humanos es algo más común y cotidiano de lo que suponemos. Y que está ahí. A la vuelta de la esquina. Y lo mejor, que puede ser atrapado por cualquiera con ganas de ponerse a jugar un rato. Una manera de conectar con los demás desde lo que somos y lo que contamos sobre ello. Narración vital en estado puro.